Archive for febrero, 2011

frustraciones. 18 de septiembre de 2002

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En La Ida a las nueve menos cuarto. Arri y Pepón en una mesa con Paola [Ardizzoni] y su novio, Emilio, que es también fotógrafo. Ha traído material para iluminar o apoyar un poco la luz pero hay casi más jaleo que la noche de la inauguración. Es mala hora, nos dicen. Obras en la calle y el bar hasta arriba. Mientras esperamos a Carlos discutimos la situación: acordamos dejarlo para mañana a primera hora de la tarde y plantearle un viaje a Valladolid, donde vive su hermana.

En la pared, junto a la entrada, están los dibujos enmarcados sobriamente. Seis en la hilera superior y cinco en la inferior. Algunos van firmados. En otros ha rotulado con caligrafía jardielesca el título: “Gary Cooper. Actor norteamericano. Carlos Lucas”. Otro presenta a un Cristo de perfil con dos vasos de duralex. Con ellos ha querido representar el milagro de las bodas de Canaán, cuando transformó el agua en vino.

Nueve tienen ya su puntito azul en la esquina inferior derecha del marco, lo que quiere decir que otros tantos compradores han incorporado a su colección de arte estos dibujos a lápiz que Carlos ha agrupado bajo el título genérico de “Fantasías de Razas”.

Por fin llega la estrella de la noche. Trae un sombrerito de cuero marrón al que llama “mi paraguas”. A Emilio le hace gracia y pretende hacerle un retrato con él.

Carlos nos tira los tejos. Hay dos dibujos que no ha vendido y echa el anzuelo. No es buen momento, así que lo dejamos para mejor ocasión…
Nos cuenta una anécdota que lo retrata con precisión. Estuvo matriculado durante un mes en clases de dibujo, en la Escuela de Artes Oficios. Tendría diez o doce años. El maestro les hizo dibujar una oreja de escayola y alabó su ensayo. Carlos, orgulloso, se llevó el dibujo para enseñárselo a su madre. Entonces le entró la aprensión. Lo había cogido sin decírselo al maestro; seguro que cuando advirtiera su travesura le echaría una buena reprimenda. La cosa es que cuando sale de casa para ir a clase de dibujo se dedica a dar vueltas por el barrio hasta la hora de regresar. Finalmente, inventa una excusa cualquiera que le libere del suplicio de este vagabundeo a plazo fijo.

Cuando saco a relucir el viaje a Valladolid se cierra en banda: la salud de su cuñado, las obras en la casa, su hermana nunca tuvo nada que ver con el teatro, el violín de su madre que a él le hubiera gustado conservar pero que por no molestar nunca pidió… Una de esas empalizadas de alambre y púas que se ven en las películas de la Gran Guerra. Sorprende ver a este hombre que no ha disparado un tiro más que en el cine, atrincherarse de éste modo.
¿Qué oculta? ¿O qué defiende?

Quedamos de nuevo con él mañana, después de comer.

el crimen de la calle fuencarral

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Muy breve intervención, la de Carlos, en este episodio de la serie «La huella del crimen», producida por Pedro Costa para Televisión Española en 1984.

el crimen de la calle fuencarral

el crimen de la calle fuencarral



El crimen de la calle Fuencarral
se basa en un hecho de la crónica negra madrileña del que ya se había valido Edgar Neville para crear la trama de El crimen de la calle de Bordadores (1946). Higinia Balaguer fue juzgada y condenada a morir en el garrote por el robo y asesinato de su señora, una viuda cuyo hijo estaba en la cárcel. Como existían serias dudas sobre la fiabilidad de esta coartada -el director de la prisión fue primero arrestado y luego apartado del cargo- el caso constituyó uno de los primeros escándalos aireados por la prensa en España.

borracho en el crimen de la calle fuencarral

borracho en el crimen de la calle fuencarral

Carlos interviene, con una barba ciertamente excepcional en su filmografía, durante los compases iniciales, resueltos en clave coral como corresponde al aire de sainete que tiene este fragmento. En la misma escena intervienen el bohemio y guionista Perico Beltrán (sereno), Luis Ciges (portero) y Fernando Sancho (coronel retirado).

el crimen de la calle fuencarral - rodillo

el crimen de la calle fuencarral - rodillo

carlos, pintor. 14 de septiembre de 2002

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Reservado Carlos Lucas

Reservado Carlos Lucas

Aprovechando que yo me voy a Utrecht a dar una charla en el Instituto Cervantes sobre el “Sainete Cinematográfico Excéntrico” –mera excusa para que se proyecten El último caballo (Edgar Neville, 1950), El pisito (Marco Ferreri e Isidoro Martínez Ferry, 1959) y Justino, un asesino de la tercera edad-, los del bar La Ida, inauguran a traición la exposición de dibujos de Carlos.

Arri, Emilio [Pereda] y Pepón cubren el evento. Parece que la cosa fue bastante bien y Carlos vendió casi todos los dibujos de la colección a dos mil duros la cuartilla. Pepón enviará hoy la transcripción de la entrevista, aunque ya me ha avanzado que cuenta cómo comenzó a pintar a lápiz con diecisiete años y en algún momento de su agitada biografía decidió dar el salto al bolígrafo.

Hemos quedado el miércoles que viene, 18 de septiembre, a las 20,45 para grabar los dibujos con más tranquilidad y hacerle algunas preguntas que no quedaron demasiado bien en el fragor del ágape.

humo (relato mediúmnico). 4 de septiembre de 2002

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Finalicé la transcripción de las veintinueve páginas de las memorias y me he puesto con la de la entrevista. Voy bastante despacio porque el modo de contar las cosas de Carlos no es como para transcribirlo literalmente. A veces me sorprendo a mí mismo riéndome en el mundo exterior, más allá de los auriculares.

Asombra ver cómo trabaja su cabeza. Puede empezar a contarte algo de su papel en una obra de teatro, recordar que el actor al que sustituía era labrador pero que sabía tocar la trompeta porque el director de la compañía le había enseñado, ya que éste, a su vez, era saxofonista además de cantante y que le gustaba lucirse en los finales de fiesta cantando, por ejemplo, no sé qué de Murcia… y termina tarareando la tonada y con el hilo irremediablemente perdido. Todo ha tenido lugar en un minuto, ante los ojos del respetable, sin trampa ni cartón, como si fuera un funambulista de la memoria.

Estoy sin niños y, mientras como, aprovecho para echarle un vistazo a El tigre de Chamberí (Pedro L. Ramírez, 1957). El primer cometido de Carlos en el cine fue de chimenea humana, en esta película. Es una de las primeras anécdotas que nos contó sobre su experiencia cinematográfica. Quería probar suerte y la mejor manera que se le ocurrió de meter la cabeza en el séptimo arte fue como figurante. En aquella época estaba sin un duro –y cuándo no- y lo que recuerda del rodaje es que les daban tabaco para que hicieran humo para crear ambiente alrededor del ring.

Rastreo entre los figurantes que hay en la cafetería Miami donde Peliche Ozores acude a ver a la chica que le gusta y el aprovechado Tony Leblanc se hace invitar a la merienda por alguna fea sin acompañante. Mientras tanto, varios, con tipo de la época, suben y bajan los tres escalones que hay ante la barra: perfiles desenfocados, fantasmas mudos… Nada. Sigo adelante. Comienza el combate entre el campeón de los ligeros, Molina, y el Tigre. En su esquina, Tony, el liante, y Antonio Garisa, como el dueño del gimnasio y entrenador del aspirante.

Entre los espectadores, la madre del Tigre, Julia Caba Alba, y el “pagano”, el dueño del bar, José Marco Davó, rostro familiar en las películas de Vajda y, al final de su carrera, en varias de Marisol. Escruto entre los del fondo. Algunos, efectivamente, fuman. Hay un plano largo de público que se repite un par de veces y un general desde el pasillo izquierdo. Es posible que Carlos estuviera ahí, con la boca seca de tanto fumar un cigarrillo tras otro, pensando que hasta fumar de gorra cansa si hay que hacerlo por obligación… pero yo soy incapaz de encontrarlo.

Y de pronto… un fogonazo. Detrás de José Marco Davó, por encima de su hombro derecho alguien ha hecho un gesto familiar. Pulso la pausa. Es él. No hay duda. Curiosamente, sólo en un par de ocasiones se le ve fumando.

Aquí está, en efigie y gesto, como un pariente que reaparece después de vagar por el mundo durante años. Han pasado cuarenta y cinco y ahí está, algo más grueso que ahora, con el pelo negro…

Desde que empezamos a hablar con él de este asunto ha negado que guardara ningún testimonio gráfico de aquella época. Ni una fotografía de su idolatrada madre… Los veinticinco años de Carlos regresan ahora al presente, gracias a mi invocación videográfica.

lo nuevo de víctor coyote

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Acaba de salir el nuevo disco de Víctor Coyote: «Dos años luz y cuarto».

7

Esta noche hay presentación en Arrebato Libros, c/ Palma, 21 (Madrid) a las ocho o las nueve. El próximo 5 de marzo en la Sala El Sol, a las 23:00.

abriendo fuego. 26 de agosto de 2002

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Esto lleva camino de convertirse en el rodaje de los cien mil hijos de San Luis.

Ceno con Javier Jiménez y le cuento por encima el proyecto. Como él vive por Tribunal se ha encontrado algunas veces con Carlos por el barrio. Una noche en El Pez Gordo, Javier, que ha salido en las tres películas de La Cuadrilla, se identificó y Carlos estuvo cantándole el vals parisién. La cosa es que se anima y propone llevar una cámara digital en condiciones. ¿Por qué no?

Pepón me cuenta que él también había avisado a Moti para que nos echara una mano con la iluminación… aunque no llevamos ni un solo foco. De modo que hemos pasado de hacer una entrevista en un casetillo a plantarnos en casa de Arri un equipo de cinco personas. A saber: José Luis Arrizabalaga “Arri” –anfitrión, codirector, claquetista, operador del mini-disc donde grabamos el sonido con un micro de corbata, desayunos y lo que se tercie-, Pepón Montero –instigador y realizador del evento, porque yo me voy a centrar en la entrevista olvidándome de que hay una cámara-, José Luis Moreno “Moti” –iluminador y operador de cámara-, Javier Jiménez “Jardi” –suministrador de equipo- y quien esto suscribe “carnicerito” Aguilar –entrevistador y documentalista-.

Carlos llega puntual, afeitado y con el pelo planchado, según suele. Está desayunando en la cocina. Mientras los demás preparan el set, le hago una ficha policial para no andar luego interrumpiendo la conversación. Nombres, fechas, gente con la que ha trabajado… Da igual. Las fechas se confunden; la afluencia de nombres es tal que no sé dónde colocar los diques. Me desborda. Mejor grabamos, a ver qué sale.

Empezamos con la lectura de sus memorias. Nos ha parecido un buen sistema para calentar motores. Un albañil que trabaja con una radial en la calle nos hace interrumpir varias veces la lectura. Cuando no, es el propio Carlos que se lleva la mano al pecho y provoca un ruido muy molesto en el micrófono. Mal que bien, la cosa avanza.

Las memorias sólo abarcan hasta los dieciséis años y se centran en la genealogía familiar. Carlos ha cosido un remiendo al final en el que resume su carrera. Habla de los cientos de zarzuelas, comedias y películas que ha hecho. Tres veces ha sido protagonista, asegura.

Está empeñado en contarnos anécdotas que sabe jugosas de la vida de bohemia: la noche que durmió en un sidecar o el bar de Quevedo donde se encaramaba a las sillas amontonadas para echar una cabezadita. Dejamos estos asuntos –propiciados por su reciente aparición en un talk show– para mejor ocasión. Le interrogamos, en cambio, sobre los escafandristas y tararea completo un vals submarino que por lo visto corresponde a “Los sobrinos del capitán Grant”.

compositor e intérprete

compositor e intérprete

A la hora de comer se marcha porque ha quedado en el Sidi con alguien que luego le da plantón.