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el misterio de valladolid 1. 8 de octubre de 2002

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La idea es volver con él a los orígenes de todo: al viaje en tren, a Castilla, al lugar donde su padre y su madre vivieron los últimos años de sus vidas. Nuestro peculiar viaje al corazón de las tinieblas es previsiblemente el viaje a ninguna parte. La esfinge sin secreto, decía Wilde de la mujer y seguro que diremos nosotros de Valladolid.

Parece que el equipo ya se ha estabilizado. Somos seis los expedicionarios: Carlos, Pepón, Arri, Moti, Emilio y yo. Llegamos a la estación de Chamartín con media hora de antelación para evitarnos disgustos y Carlos, al que se ha traído Arri en taxi, aparece como una exhalación agitando en el aire su tarjeta dorada. Aún estamos en las taquillas de modo que el amable empleado de RENFE hace el trueque.

Tomamos un café en la concesión de la estación. Le explicamos nuestros planes de producción. Una vez finalizado el viaje nos quedaría una tarde para hacer un recorrido por el barrio y conocer los bares y las pensiones que han sido su hogar durante los últimos treinta años y una visita al rodaje de Slam (Miguel Martí, 2003), para verle metido en harina.

Una de las ideas que habíamos barajado era la de reunirnos en El Palentino con su primo Federico y el caballista Miguel de la Riva, del que nos ha contado algunas anécdotas sabrosas. Se cierra en banda. Con ninguno de los dos quiere saber nada. De su primo Federico dice que es él quien no le habla.
¡La caraba! Una de las expresiones favoritas de Carlos. El tal de la Riva era la caraba. Nos pide que nos imaginemos que alquiló la casa de sus padres, que estaban de vacaciones, y cuando volvieron se encontraron a un señor afeitándose tranquilamente en el cuarto de baño. O aquella vez que tenía hambre y sacó al canario de la jaula y lo echó a la sartén. Intentamos imaginárnoslo.

Carlos invirtió ciento veinte mil pesetas en aquel negocio de los cuadros que alguna vez nos ha contado que tuvo con el caballista y el director Ramón Comas. Trío modélico para un caricaturista: la altura de de la Riva y las arrobas de Comas como contrapunto de la enclenquez de Carlos. Los tres beben güisqui hasta las tantas en un piano-bar del barrio de Salamanca. Cuando cierran el caballista propone ponerse en ruta a Barcelona, para estar en la Ciudad Condal a primera hora de la mañana que es cuando se hacen allí los buenos negocios. Carlos no tiene mucho qué decir, si acaso que son un montón de kilómetros… Le hacen tomar una pastillita “de esas que te mantienen despierto”. Carlos no replica. Al fin y al cabo los otros dos se turnan al volante. En el maletero viaja la preciada obra de arte. El óleo, por lo visto, representaba a unos jugadores de pelota con barretina. Según Carlos parecía antiguo, sobre todo después de no sé qué alquimias que de la Riva realizaba con café sobre el lienzo. Por si quedaran dudas iban a casa de un tal Bernardino de Pantorba –escritor, pintor y crítico de arte-, en la Castellana, y éste, a cambio de mil pesetas, hacía una peritación en la que atribuía la obra a quien considerase conveniente. Pero después de un par de paradas técnicas para que Comas vacíe la inconmensurable vejiga y de la Riva pida nuevos güisquis la amanecida les pilla entrando en Zaragoza. El caballista es muy devoto de la Virgen del Pilar y no quiere dejar pasar la ocasión de rendir tributo a la madona. A la salida de la catedral los tres sienten un cansancio inmenso. A la luz del día el óleo parece menos auténtico y acuerdan que es mejor esperar a la noche para retomar el negocio. Comas y de la Riva deciden alojarse en el Hotel Corona de Aragón. Carlos pide un adelanto a sus socios a cuenta del adelanto que él les ha hecho. Nada… Dos mil pesetas, con las que saca un billete de tren para volver a Madrid y se toma un café con leche en la estación… Y una jarra de agua porque las pastillas le han dejado la boca seca y una murria que no se le quita. ¿Quién le mandaría a él…?

De la Riva todavía le debe ciento veinte mil pesetas de aquel asunto. Por eso, dice Carlos, no quiere hablar con él.

Al tren. Antes de que las cámaras se pongan en marcha, me dedico a interrogar a Carlos a fondo sobre su filmografía. Me gustaría tener al menos una frase sobre cada una de las películas que ha hecho. O las que yo he ido recopilando, que no llegan a la centena. En la mayoría de los casos se trata de recuerdos vagos sobre el personaje que interpretaba o los diálogos que tuvo que aprenderse. Ocasionalmente, surge una anécdota. Excepcionalmente, la madeja de los recuerdos comienza a desenredarse y cogemos un cabo que parece llevarnos a alguna parte.

otro viaje en tren

otro viaje en tren

Luego, grabamos con cámara algunas anécdotas sobre sus viajes, entre ellas la muerte de su abuelo que surge vívida cuando el convoy se detiene en Medina del Campo. Viajaban aquella vez en carros y soplaba un viento de mil demonios. El abuelo guía a los caballos cubierto con una manta. La aparta un momento para encender un pitillo y el frío traidor se lo lleva al otro barrio. Pulmonía fulminante.

La pulmonía es uno de los grandes enemigos de la familia Lucas. Carlos cifra el origen del cáncer de su padre en una pulmonía mal curada. Un tal Pedro Quevedo, del que nos ha hablado alguna vez, murió apoyado en una mesa de cocina, porque bebía bastante, no comía… y se dejó la ventana abierta. En una de sus primeras apariciones cinematográficas, Carlos tiene que cruzarse en un pasillo con Carmen Sevilla, que por todo abrigo lleva un picardías. La piropea: “¡Ay, quién fuera pulmonía!”

A falta de baterías de repuesto nos hemos traído tres cámaras. Yo se la pedí a Luis [Guridi], Pepón a Víctor [Coyote] y Emilio a Paola, de modo que venimos pertrechados para lo que surja.

Al llegar a la estación le sugerimos a Carlos que se baje el último, de modo que podamos grabarle descendiendo del tren. Saltamos al andén y… Hemos ido a parar en mitad de un colegio. La estación está casi vacía, pero ante la puerta de nuestro vagón se amontonan una treintena de niños. Carlos siente pánico: se figura que no va a poder bajar y el tren le va a llevar hasta Vitoria. Finalmente, consigue su objetivo y Pepón lo graba invocando a Herodes.

invocando a Herodes

invocando a Herodes

Intentamos grabar también mientras camina por la calle, pero se hunde en el tabardo y va frenando el paso. Cuando no, busca el abrigo de alguien. El paseo de Recoletos está en obras. Saltamos vallas, como si fuéramos por Madrid. Entramos en la zona peatonal que desemboca en la Plaza Mayor. Un trío del este de Europa interpreta una pieza musical. El acordeón da a la melodía un aire melancólico. Un poco más allá dos mujeres tocan el violín y los ojos de Carlos se humedecen.

Durante los días en que hemos estado con él ha llorado menos de lo que solía. Por eso, este momento nos traspasa un poco. Para quitarle hierro al asunto le preguntamos por un bar cercano en el que recuerda que paraba con su padre. Previsiblemente la taberna donde servían el vino en porrón y había un caballero que vendía cacahuetes, se ha convertido en una cafetería con las paredes color crema y cuadritos iluminados por apliques.

Ganamos la Plaza Mayor y mientras se instalan a desayunar en el Café del Norte -cuyo retrato fijara Santiago Lorenzo en un cortometraje- me acerco al Ayuntamiento. He tratado previamente de ponerme en contacto telefónico con el Archivo para ver si hubiera documentación sobre la violinista de la Orquesta Sinfónica Municipal, Carmen Reñé Esteve, la madre de Carlos. Pero las indagaciones telefónicas no han resultado. De viva voz, la funcionaria me pide tiempo para consultar los registros. Ya se pondrá en contacto conmigo.

Entretanto, en el Café del Norte han hecho su aparición los montados. El otro día localicé una versión de “La zapaterita”, una zarzuela del maestro Alonso, en la que Carlos recordaba que intervenía su padre y a cuyo estreno acudió en 1941. Me he traído el libretito del CD y una grabación en casete para regalársela. Nos habla largo y tendido de Conchita Panadés, a la que conoció siendo niño y luego volvió a encontrar ya de adulto haciendo zarzuela por Levante.

Cuando doy con la canción que cantaba su padre, asegura que no es él. “Mi padre tenía una voz más bonita”, afirma categórico. Arguyo que, según la documentación, la grabación se hizo con la compañía titular después de la función. “Pues más a mi favor”, razona Carlos “si ya se había terminado la función, cómo iba a estar mi padre”. Otro callejón sin salida.

cowboy 2. 4 de octubre de 2002

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Después de varios intentos infructuosos de ponerme en contacto con Carlos a través del móvil o llamando al Xares, consigo localizarlo. Ha regresado ayer por la noche de Almería. Viene exultante por el trabajo en Cowboy de mediodía –“cómico pero también con su cosa sentimental”, me cuenta- como a él le gusta. Y comienza a desgranar la serie de proezas que ha realizado: conducir un coche, montar a caballo, disparar una pistola…

cowboy de mediodía

En Katiuska, la zarzuela de Pablo Sorozábal, hacía girar el revólver alrededor del dedo índice y luego lo enfundaba; aquí lo ha repetido y ha quedado muy bien. Del Texas-Hollywood cercano han prometido enviarle la fotografía del episodio del Oeste que rodó allí con Summers y en la que aparece vestido de enterrador.

Le hago volver a la tierra mencionando nuestro viaje a Valladolid. Asiente con cierta resignación y más cuando le digo que iremos en el expreso que sale a las ocho y media. ¿De la mañana?, pregunta incrédulo. Deslizo en la conversación sin ninguna sutileza una alusión al cordero asado, que la otra vez fue la palanca que nos ayudó a mover el mundo.

Luego, hablo con su hermana Carmen y le confirmo nuestra visita. Se deja, sin más.

cowboy 1. 29 de septiembre de 2002

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Supongo que Carlos estará en el Mini-Hollywood de Almería, rodando Cowboy de mediodía (Alberto Blanco, 2004). Al menos, eso era lo que había previsto. Entre tanto, tomo el teléfono y, como es sábado y estoy seguro de encontrarla en casa, llamo a su hermana Carmen a Valladolid. No parece muy confiada, pero acepta sin poner ninguna objeción. Si acaso, que están de obras y les gustaría que la casa estuviera un poco recogida. Como Arri y Pepón tienen que estar el 11 de octubre en Sitges para el estreno de 800 balas (Álex de la Iglesia, 2002) y Carlos nos dijo que no volvería hasta el día 1 o 2, propongo el 8 para la cita. Quedamos después de comer.

Antes de colgar le cuento que Carlos no tiene ninguna foto. Me promete buscar, aunque advierte que de su padre sólo le queda alguna de cuando ya estaba enfermo.

la encerrona. 19 de septiembre de 2002

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La Ida. 16,30.

"Fantasías de razas"

Emilio aprovecha para hacerle un retrato. Luego nos ponemos con la entrevistita: su faceta de dibujante, los bares que frecuenta, sus primos…
Están Federico, el bailarín, y su hermano mayor, Manolo. Son hijos del tío Federico, que marchó a Venezuela. Tenían tres hermanas que debieron circular por allí en los años cincuenta en plan hermanas Andrews. “¡Qué gachó! ¡Qué atrevido!”, dice siempre Carlos hablar de Manolo. Y se embarca en una retahíla de aventuras desorbitadas: polizón, conductor por las selvas amazónicas, actor de variedades, propietario de una fábrica de fideos y de otra de máquinas para asar pollos… También anduvo un tiempo con los hijos del tío Jesús. Enrique se hacía llamar “El Bandolero del Cante” y coincidió con él en una compañía itinerante que alternaba la comedia con las altas variedades. Luego, como sus otros hermanos, se colocó como auxiliar de vuelo en Iberia por mediación de la madre, a la que Carlos atribuye contactos al más alto nivel. El pequeño, Juan Antonio, era un buenazo, recuerda Carlos. “Un inocentón” que iba a ver a Federico cuando actuaba en Zaragoza y se quedaba sentado en una silla del camerino, sin decir palabra”. Vio morir a su tío en un accidente que en la mitología familiar alcanza carácter casi épico. Viajaban en un camión de Vigo a Bayona. En la trasera iban los decorados en una caja grande y el tío. El camión derrapa en una curva y el armatoste, malamente asegurado, cae sobre el tío provocándole la muerte. Luego Juan Antonio cogió una afonía crónica y tuvo que dejar el oficio. En una pensión de Barcelona se tomó un frasco de pastillas. Su madre cuenta a la familia que ha tenido una perforación de estómago, pero Carlos no se engaña. Su primo Juan Antonio se envenenó.

Todas estas historias vienen y van, se entrecruzan, se pierden y vuelven a reaparecer sin que uno sepa ya quién es quién. Son tantos los primos, que no caben en esta historia. Intentamos centrarnos en Manolo, el aventurero, contratipo perfecto de Carlos, y en Federico, el bailarín. En la conversación surge el motivo de su ruptura con él: el fútbol. Según Federico, Carlos es gafe y trae mala suerte a su equipo.

Intermedio sin grabar. Un asesinato en la calle San Mateo.

Nos dirigimos hacia casa de Arri para ponerle El tigre de Chamberí e intentar grabar su reacción cuando se descubra. Mientras avanzamos por la calle San Mateo sigue hablando de sus primos. El primogénito de su tío Federico, Manolo, fue “flecha naval” –unas fuerzas infantiles creadas durante la Guerra Civil e integradas posteriormente en el Frente de Juventudes, que tenían escuela en Cádiz-. Luego, sin transición alguna, lo retrata como marino en un barco con rumbo a Sudamérica. Puede que yo me haya perdido algo porque voy unos pasos por delante, pero de repente, Manolo se arroja por la borda frente a la costa brasileña. Llega a nado hasta la orilla. Se interna en una “granja de plátanos” y, sin darse cuenta, cae en un atascadero de arenas movedizas. Grita. Al rescate acude un negro que consigue sacarle de allí con una rama.

Acto seguido Manolo está instalado en Venezuela. Se dedica al boxeo.

Tiempo después –o tiempo antes, o al mismo tiempo en un universo paralelo- está en Bilbao, tomando un vino con un amigo. Un cliente borracho se pone faltón. “Ponle unos vinos a esos hijos de la gran…” (Carlos nunca blasfema ni dice palabras malsonantes). Cuando Manolo ve que le mientan a la madre, se echa encima del borracho y le pega un puñetazo en pleno rostro. El ofensor cae al suelo. Carlos alude a la fuerza de su primo y al hecho de que el otro estuviera borracho, pero con una naturalidad totalmente exenta de dramatismo nos cuenta que cuando se quisieron dar cuenta el otro estaba muerto. Manolo pasa la noche en casa del amigo y luego desaparece.

-¿Por eso marchó a Venezuela?- le preguntamos a Carlos, intentando dar un sentido cerrado a la historia.

Pero ninguna de las historias de Carlos parece tener ni principio ni fin.

El primo estuvo “por ahí”, pero en España. Le gustaba mucho bailar, sigue sin solución de continuidad. Y se embarca en una anécdota ocurrida durante un baile en “la casa de cartón”, su hogar después de la Guerra, que recibía este nombre porque los cimientos habían quedado considerablemente dañados por los bombardeos y todos dudaban que no se viniera abajo cualquier invierno.

Fin del intermedio. Arri y Pepón han ido a comprar cervezas. Arriba, someto a Carlos a un tercer grado para intentar esclarecer un poco la cronología de su vida teatral. Todo va bien en tanto nos alejemos en el tiempo. Mediada la década de los sesenta las fechas empiezan a confundirse.

Continúa la entrevista ante el televisor, donde queremos que Carlos reviva su primera experiencia como figurante y relate de nuevo la anécdota de su intento de fumar de balde durante el rodaje de El tigre de Chamberí. La presencia en el reparto de Aníbal Vela hijo reaviva los recuerdos líricos de Carlos. Cuenta las ocurrencias de su padre con el camarero de un bar que había frente al Teatro de la Zarzuela. Entonces escuchamos de primera mano la anécdota de los escafandristas. Tuvo lugar durante una representación de “Los sobrinos del capitán Grant” por Los Ases Líricos. Un escafandrista comienza a bajar por la escala. Dentro de la escafandra el tenor gijonés Antonio Medio se mueve a cámara lenta, como si de verdad ejecutase sus movimientos bajo el agua. Luis Lucas espera a bajar en la parte superior de la escala, en la parrilla. El asturiano toca suelo. Apenas asoman los pies de Luis en lo alto de la escala, la coge con ambas manos y empieza a agitarla. Tras el susto, el padre de Carlos se agarra firmemente; el de abajo, sigue con el juego. Enlazando el brazo izquierdo en la cuerda, Luis Lucas se quita el casco. El bromista sigue a lo suyo -el casco le impide ver y piensa que su compañero estará descendiendo-. Cuando, de pronto, el casco arrojado desde arriba va a chocar contra el suyo. Pensando que el compañero se le viene encima, Antonio Medio sale corriendo, olvidando mimar el movimiento a cámara lenta. El capitán Grant, olvidando que es cadáver, se echa las manos a la cabeza. Carlos justifica la situación porque era día de Inocentes.

ante el espejo del Tigre

ante el espejo del Tigre

Después de ver El tigre de Chamberí aprovechamos de nuevo para intentar arreglar el viaje a Valladolid. Más que nuestros razonamientos sobre la necesidad de ampliar el punto de vista sobre su familia, le convence la mención al cordero que nos podríamos meter entre pecho y espalda. En mi inocencia gastronómica, pregunto si hay buen cordero en Valladolid. Pepón y Arri aducen que también es famoso el cochinillo vallisoletano, pero Carlos tercia rápidamente para asegurar que, donde se ponga el cordero, que le quiten todos los cochinillos de Valladolid. A cambio de esta promesa, recita de memoria el teléfono de su hermana, Carmen.

Antes de marcharse, me pregunta si la entrevista servirá para hacer una serie. Le digo que no, que intentaremos que sea un largometraje. Pregunta entonces quién va a ser el protagonista. Cuando le decimos que, por supuesto, él, se queda un tanto extrañado.

Un par de días después llamo a la Federación Española de Boxeo interesándome por Manuel Blanco Lucas, el primo boxeador. Les doy el nombre completo y lo adobo con un año de nacimiento entre 1925 y 1931, dado que su hermano Federico nació en 1932. Su vida profesional, por tanto, tendría que haberse desarrollado entre 1945 y 1965. El resultado es negativo. Hay fichas de otros boxeadores de la época pero, para la Federación, Manuel Blanco Lucas “nunca boxeó en España”.