Archive for julio, 2011

zaragoza 2. 26 de mayo de 2003

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Carlos tiene dos cortometrajes en mente. Nunca los ha escrito pero los cuenta a petición del oyente. Uno de ellos es decididamente simbolista y a uno le trae a la cabeza lo que ha leído sobre el estreno de “La intrusa” en una de las Fiestas Modernistas organizadas por Rusiñol en Sitges. La estructura se organiza a partir de una historia marco: un escritor se queda sin tinta y tiene que ir a comprar más. No hay azul y el escritor debe conformarse con un frasco de tinta verde. Un niño ciego pasea por la orilla del mar. Un hombre, acaso Cristo, le pregunta cual es su mayor ilusión y el niño le contesta que ver el mar. Los ojos del niño se tornan de un verde purísimo y, por primera vez, entre lágrimas, le es dado ver. El escritor finaliza así su relato. Recibe un premio literario. Es el propio Dios quien se lo otorga, por haberlo escrito con tinta verde: el color de la esperanza.

El otro está en la línea de Max Linder. Un tipo mete una gran suma de dinero en el forro del sombrero. No saluda a nadie por la calle por miedo a perderlo. Entra en un bar y pide una consumición. Tampoco allí se destoca, a pesar de los comentarios del camarero y el resto de los parroquianos. Pero, ¡ay!, llega el momento de pagar. El hombre baja a los servicios y saca un billete. Afora la consumición, pero se ve que no se ha encasquetado bien el sombrero, porque apenas sale a la calle una ráfaga de viento se lo arrebata y lo arrastra. El hombre se mete en toda clase de líos y supera toda clase de pruebas para conseguir alcanzarlo.

Hemos tropezado varias veces con de la Riva a lo largo de esta historia. Sin embargo, de vuelta de Zaragoza, Carlos se siente expansivo –por qué coincidirán estos momentos cuando no hay cámara por medio- y nos cuenta cómo apareció el caballista en su vida. Fue en el Café Gijón, hacia 1967. No es un sitio que frecuentase pero le han dicho que por allí suele parar Sáenz de Heredia y Carlos se pone sus mejores galas a ver si le sale un papelito. Junto a la puerta se topa con un hombre alto, de indumento impecable. Sáenz de Heredia no ha ido esa tarde, pero al presentarse Carlos como actor, de la Riva se convierte en Virgilio, que guió a Dante por el Infierno. El infierno en nuestro caso son unas cuantas copas en la barra del Gijón y luego a Riscal. En el trascurso de la noche Carlos se explica: un tal Pagés le ha propuesto una cosa de variedades que ha quedado finalmente en agua de borrajas; en reparación de posibles perjuicios el tal le ha pasado este contacto. Todo se diluye ante la belleza de las “palomitas” –así las llama de la Riva- de Riscal. Beben.

Ya de madrugada se dirigen a casa del caballista, un chalé por Arturo Soria. Hace frío. De la Riva le indica el camino, bordeando la piscina. De pronto se detiene. Saca del bolsillo del abrigo una pistola. Apunta con ella a Carlos y le dice que salte a la piscina inmediatamente. Carlos ríe la broma, pero de la Riva le asegura que la burla va en sentido único. Si Carlos no salta antes de que cuente tres le pega un tiro en una pierna. Ninguno de los dos ríe ya. Uno… Carlos contempla el agua sucia y helada y balbucea una súplica. Dos…

La puerta del chalé se abre. Aparece la señora de la casa y se lleva a de la Riva para dentro. Le quita la pistola. El caballista ríe a mandíbula batiente mientras alza la mano en señal de despedida.

Carlos tiene que volver a casa en autobús, pero desde ese día se cita con Miguel de la Riva cada tanto. El caballista le cuenta que cuando estuvieron rodando Alejandro Magno (Robert Rossen, 1953) en España él le vendió un helado a Richard Burton. Luego se fue a casa en moto con un compañero, pero sin quitarse el vestuario. Al llegar a la Plaza de Castilla le preguntan a un guardia el camino a Roma.

Carlos y de la Riva hacen la ronda del Dorín, el Gijón y el Riscal. Son los años dorados de Urtain, que también se deja caer por el garito, con su aureola de campeón de Europa de los pesos pesados. De la Riva le da un papelito a Carlos para que le pida un autógrafo. Carlos está llegando ya a la mesa cuando se da cuenta de que lo que su amigo le ha dado es la cuenta. A ver si colaba. Son las bromas del caballista.

miguel de la riva ("los rebeldes de arizona")

Gracias a su alter ego Michael Rivers consigue Carlos una de sus primeras oportunidades cinematográficas: una figuración con frase. José María Zabalza, el rey irunés de la “serie Z” a la española, rueda tres tardíos spaghetti-westerns en el poblado del Oeste de Colmenar Viejo. El actor elegido para interpretar al camarero del saloon en 20.000 dólares por un cadáver (José María Zabalza, 1970) es incapaz de recordar sus frases y tiene un deje castizo que tira de espaldas –aunque uno no entiende qué importa esto si todo se dobla- y Carlos se ofrece a interpretar el papelito. En otra delas películas tiene ocasión de demostrar sus habilidades con el revólver, adquiridas durante las interpretaciones de “Katiuska” en el Teatro de la Zarzuela. Las tres películas se filman del tirón, con los mismos actores y en idénticos decorados. El clímax de las tres es el incendio del rancho del protagonista. Ese día de la Riva se ha llevado a la hijita al rodaje y cuando la casa está casi convertida en cenizas se da cuenta de que no ha visto a la niña desde primera hora de la mañana. Asumiendo su papel de héroe, quiere meterse entre las paredes calcinadas y rescatar a la pequeña. Carlos le contiene, también metido en su papel de amigo del héroe. Instantes después llega la niña, que ha estado todo el día entretenida con la maquilladora. El caballista la abraza y le hace zalemas. Entre beso y beso reprocha a Carlos no haberle avisado de que la niña estaba a salvo. Carlos cae repentinamente del pedestal en el que se veía a sí mismo; este estrambote deslucido no sale nunca en los guiones ni en las novelas que él ha leído.

Por esos años, en el declive del western europeo y del género de espías que ha cultivado, de la Riva coge el traspaso de un bar de playa en Castelldefels. Le propone a Carlos que sea su mano derecha, su hombre de confianza. Carlos viaja a Barcelona por su cuenta pero no hay ni rastro de su contacto. Dice que estuvo haciendo recados para una boutique de las calles Tuset o Pelayo. Un día, se encuentran casualmente. El caballista se ha instalado ya en Castelldefels. Vive en un piso, sobre el bar. Carlos podría vivir en una pensión cercana. Acepta. Pero una vez allí, debe hacerse cargo de abrir por la mañana y de cerrar cuando a de la Riva y a sus invitados –parece que Sancho Gracia, era uno de los habituales aquel verano- se les ocurre que ya está bien de güisqui. Total, para tres horas que va a dormir, Carlos se echa allí, entre las cajas de refrescos. Ah, el sueldo como hombre de confianza se reduce a un diez por ciento de lo que haya en el bote… No en balde, la manutención y el alojamiento corren por cuenta del caballista.

Una madrugada cualquiera, sin decirle nada, Carlos coge un tren y se marcha a Barcelona, a buscar un trabajo en lo suyo. Puede que fuera entonces cuando estuvo de utilero en “Un enemigo del pueblo”.

helados focas

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Los calores veraniegos propician encuentros inopinados. Éste se produjo en el Zoo madrileño, donde Arri localizaba creo que para un spot publicitario:

helados focas

helados focas

zaragoza 1. 26 de mayo de 2003

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Hay nuevas incorporaciones en este viaje. Luis [Guridi] se ha animado a hacer doblete: chófer y sonidista. Para la ocasión –cuatro figuras entrevistadas al unísono- nos han prestado una mesita de sonido. Por el momento conseguir los cuatro micrófonos a precio de puta de la calle de la Cruz ha sido un suplicio. Estamos todos a la cuarta pregunta.

La expedición consta de siete personas: Luis, Arri y Moti en el coche 1, y Pepón, Emilio y Carlos y yo en el segundo. Durante la ida Carlos se muestra locuaz. Viene jubiloso de Almería donde ha estado rodando una coproducción hispano-italiana que encuadra en el género fantástico porque su personaje resucita varias veces. De nuestros anfitriones aragoneses repite algunos sucedidos que ya conocemos.

Carlos Muela nos recoge a la entrada de Zaragoza con su taxi. Aún canta, pero mientras conduce. “El Pavarotti del taxi” le llaman y a él le gusta. Durante el recorrido hasta su casa –una casita baja, de barrio- nos hace un pequeño recorrido turístico. Pasamos por el monumento a Juan de Lanuza, cuyas hazañas eran objeto de un drama en verso que solían representar. Los cafés-cantantes se han convertido en bancos o centros comerciales. Nombres evocadores, como el “Ambos Mundos”… “¡Qué pena!”, dice Carlos.

Carlos Muela Gimeno, "el Pavarotti del taxi"

Conocer a la compañía de Maruja Gimeno es toda una experiencia. Allí están todos, salvo Feliciano Muela, que falleció en 1967 y supuso el fin de la dedicación teatral de la comuna. Pone uno lo de comuna porque es lo que más se ajusta a este grupo formado de aluvión de gentes recogidas por tierras de Castilla y Aragón.

Maruja Gimeno y Carlos

Maruja Gimeno y Carlos

Grabamos. Maruja es una mujer de armas tomar; no quiero imaginármela como empresaria. Braguillas mira a Carlos con admiración: recuerda sus improvisaciones y los números que se montaba en los finales de fiesta. Recuerda una vez que se lo encontró en Madrid, junto al Dorín, y se lo trajo de nuevo a Zaragoza. Esa noche había función en un pueblo. Braguillas le pregunta si tiene algo preparado para el fin de fiesta. Carlos ha estado dándole vuelta a una melodía de una zarzuela. Mientras la tararea mentalmente mima las contracciones de una parturienta, los dolores del parto y termina con el llanto del recién nacido.

-Yo me espatarré aquel día –afirma categórico Braguillas. Carlos quita importancia al asunto.

A mitad del fregado llega Jesús Ortega, el tercer soltero de oro en la compañía hasta que se ahorcó… “Quiero decir que me casé”, bromea. Nos cuenta su encuentro con José Isbert cuando las huestes de Berlanga recalaron en Alhama de Aragón para el rodaje de Los jueves, milagro (Luis G. Berlanga, 1957).

Jesús Ortega canta una jota para la que no hacen falta micrófonos, Braguillas interpreta una pieza al acordeón y cuando Carlos se arranca con las colpillas del Don Hilarión de “La verbena de la Paloma”, silabea cada frase con una sonrisa en la boca. Les pedimos que resuciten para la cámara el dueto cómico en el que Carlos hacía de director de orquesta desmadejado y Braguillas le seguía con la batería. Sin resultado: el “jazzband”, como ellos lo llaman, debe de llevar arrumbado por algún altillo lo menos veinte años.

Comemos con los dos Carlos. Un micro para cada uno. Muela nos explica lo que quería que contara su madre antes: que si iban por pueblos no era por empeño romántico en llevar el arte hasta el último rincón de España, sino porque la fidelidad de su padre a la República le valió la cárcel y la prohibición de trabajar en Zaragoza.

Carlos se encrespa al hablar de El viaje a ninguna parte –esa tontería que dijo Gómez- porque ellos sí que iban “a alguna parte”. ¡Apañados estarían si no supieran a donde iban!

Luego nos dividimos en dos grupos: Pepón se queda con Arri y Emilio grabando las fotos familiares, en tanto que el resto nos montamos en el taxi de Muela que nos lleva al Oasis. Pone en el mini-disc algunas de sus grabaciones y se emociona cuando suena el “Soy de Aragón” de la zarzuela “El divo”. Carlos tararea y le palmea el hombro. Luego saca el pañuelo para secarse una lagrimita. Al fondo las torres del Pilar: si lo preparamos no sale tan bien. Lástima que ya se hayan agotado las baterías de los dos mini-discs.

Aprovechando un momento de intimidad, en una de las paradas, Carlos nos pregunta si no vamos a pedirles que hablen de él. A lo mejor se ha sentido arrollado por el ímpetu jotero de Jesús Ortega –a todos nos ha pasado- pero no sé que piensa que hemos estado haciendo durante toda la jornada. O es que esperaba algo en plan “Esta es su vida”.

Despedidas largas, como siempre que se encuentran gentes que no se ven hace treinta años, conscientes de que es muy posible que no se vuelvan a ver nunca por mucho interés que pongan en intercambiar teléfonos.

Durante el largo viaje de vuelta Carlos se destapa. Tres temas hay, al menos que merecen mención y de los que, para variar, no existe registro.

a) el destino de Carmiña,
b) la faceta cortometrajista de Carlos,
c) su relación con Miguel de la Riva.

Resulta que la historia de Carmiña tuvo una segunda parte que Carlos había olvidado contarnos. Carmiña era aquella novia coruñesa que trabajaba en un restaurante y con la que Carlos visitó la Torre de Hércules para besarse a la vuelta en el portal. Diez años después, Carlos viaja con la compañía de Francisco Kraus, el hermano de Alfredo. Andan por el sur, probablemente en la provincia de Cádiz. Están en fiestas y en tanto su padre y su compinche inseparable Manzano visitan el ferial, Carlos se mete en el cine. Luego, acude a la cita con ellos en un bar. Le embroman a cuenta de las novias que ha tenido. Cuando empiezan con esta murga Carlos siempre echa balones fuera. Se escuda en que, con su estilo de vida, es imposible el compromiso. “¿Y no te acuerdas de Carmiña?” –le preguntan-. “Bua… ¿Dónde andará?”. “Pues aquí mismo. La acabamos de ver en el circo”… Carmiña, la muchachita romántica del restaurante coruñés trabaja ahora como bailarina exótica. ¿Por qué no pasa a saludarla? Carlos dice que ya para qué…

el donante

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Donante

Carlos interviene en la comedia sexy El donante (1985) en la escena en que Tato Montini (Andrés Pajares) llega al Purgatorio para que Don Pedro (Luis Barbero) evalúe su entrada al Paraíso.

Donante-Purgatorio

Aparece junto a toreros, árbitros de fútbol y esposas despeñadas, como el «finado número 2, Mariano Torrecilla», un usuario de la Seguridad Social que ha cascado después de pasarse ocho días en un pasillo.

Donante-Carlos-Lucas

Después de quince años, tenemos oportunidad de verle de nuevo en pantalla con su socio Miguel de la Riva, que interpreta a un fanático del deporte que se cree que a los cincuenta y tantos años todavía puede dedicarse al footing.

Donante-Miguel-de-la-Riva

Ambos comparten también puesto en la cola del rodillo.

el donante - rodillo

el donante - rodillo

Para esta sesión -media jornada, en todo caso- Carlos y de la Riva se trasladaron a Árenas de San Pedro, cuyas Grutas del Águila sirvieron de localización para el Purgatorio.

Dirige Tito Fernández, por lo cual la película, a pesar de su inanidad, tiene un acabado un poco más aseado que las de Mariano Ozores de esta etapa, una vez finalizada la colaboración con éste y con Esteso en La Lola nos lleva al huerto (1984).

braguillas vive. 26 de mayo de 2003

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Braguillas vive pero, en cambio, ha muerto Fausto [Moreno Talón].

No sé si tiene mucho que ver con este diario pero…

Me puso sobre aviso Manquiña cuando viajé a Santiago de Compostela para hablarle de otro proyecto. A la vuelta, telefoneé a Fausto y me dijo que estaba un poco fastidiado –“faustidiado” si esto fuera un astracán- del hombro y los riñones pero que en La Paz le habían dicho que era una cosa muscular y que se diese linimento. En Semana Santa le ingresaron en la Concepción y me acerqué a visitarle. Los parches de morfina le mitigaban los dolores y estaba de bastante buen humor; o de “bastante humor”, que en su caso siempre fue una mezcla ponderada del bueno y el malo. El sábado 17 le dijeron que no había nada que hacer y que si quería volver a casa. Por los pasillos del hospital iba gritando a los camilleros:
-Vamos, vamos. ¿Por qué paráis? ¡A casa, a casa!

Murió el lunes por la mañana. Estuve en la calle Artistas con la vieja guardia y algunos del barrio a los que no conozco. La incineración reunió a gente a la que no veíamos hacía doce o quince años. La ceremonia fue fulminante. El funcionario dijo que no se podía poner música –a Fausto le gustaba la “Consagración de la Primavera”- porque molestaba a los de la capilla anexa. Manquiña contó su anécdota sobre la teoría de Fausto a propósito de que los gallegos llevan a Valle Inclán tan metido en los genes que son incapaces de hacerlo correctamente. Félix [F. Montes] recitó un poema, precisamente de Valle, sobre la “parca”. El funcionario decidió que no esperaba más y echó la cortina ante el ataúd. Fue el mejor momento porque entonces todos empezamos a aplaudir y parecía que Fausto iba a salir a saludar, como si aquello fuera nada más el final de una farsa y al día siguiente se pudiera repetir.
Pero no quiso salir a recibir el aplauso.

Estaban Manquiña, Bigarren, el representante de Carlos, y Paca, su mujer y socia. Les cuento nuestro proyectado viaje a Zaragoza. Paca promete interesarse por Miguel de la Riva.