De Reparto Carlos Lucas

… que ciento volando

Que ciento volando

José García Hernández: “Por un anuncio”, en ABC, 20 de octubre de 2000.

pepe, no me des tormento

Es éste uno de los escasos guiones que Manuel Ruiz Castillo y Esmeralda Adam escribieron para el cine. Entre ellos, dos joyas del esperpento hispano como son Duerme, duerme, mi amor (Francisco Regueiro, 1974) y Cinco tenedores (Fernando Fernán-Gómez, 1979). Pepe, no me des tormento (José María Gutiérrez, 1981) se iba a titular “Átame esa mosca por el rabo” y debería haber sido dirigida también por Paco Regueiro, amigo de la pareja. Sin embargo, por desavenencias de éste con el productor José Frade el libreto terminó en manos de José María Gutiérrez y el título derivó en peculiar travestismo de la entonces popular copla de Encarnita Polo.

  Pepe no me des tormento

La anécdota de partida fabula los avatares que vivieron el propio Ruiz Castillo y el bohemio Perico Beltrán durante la redacción del guión de El extraño viaje (Fernando Fernán-Gómez, 1964), según relatan ambos a Marcos Ordóñez en Ronda del Gijón. O sea, que acuciados por la necesidad y previo cobro de un adelanto, dos hombres deben encerrarse para terminar la tarea en un plazo mínimo. Pero el destino -y el carácter de la pareja, todo hay que decirlo- parece haberse confabulado para que no cumplan su objetivo.

Pepe no me des tormento rodillo

El repaso de una mala copia nos había impedido hasta ahora localizar a Carlos, por lo que habíamos concluido precipitadamente que, aunque ocupara el antepenúltimo puesto en el rodillo de salida, de su magro perfil no había quedado rastro en el montaje final. Enmendamos ahora el yerro con sendas capturas en las que se le puede ver como el delincuente de la recortada, secundando a José Ruiz Lifante en el atraco al banco al que el despreocupado Luis Varela ha ido a cobrar el cheque recibido a cuenta por escribir un guión con el atribulado Emilio Gutiérrez Caba.

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justino sopla veinte velas

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arri y biaffra

arriBiaffra y Arri – Foto: EFE

la furia del hombre lobo

En la filmografía de Carlos siempre hay ocasión para la sorpresa, como encontrárselo encadenado con otros mutantes en las mazmorras del castillo de la doctora Ilona Hellmann en La furia del hombre lobo (José María Zabalza, 1970). Estamos, por tanto, ante la lógica continuación de sus andanzas en compañía de Zabalza y Miguel de la Riva, tras la trilogía westernil de este mismo año.

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Es ésta una de las películas más denostadas del ciclo licantrópico de Waldemar Daninsky. En parte, porque el propio Paul Naschy se encarga en sus memorias de desacreditar a José María Zabalza, que habría dirigido la película en estado de embriaguez permanente y habría encargado sobre la marcha varias correcciones en el guión a su sobrino de catorce años. No hay para tanto, por supuesto. Zabalza trabaja, como siempre, bajo mínimos presupuestarios y recicla parte del metraje y la banda musical de La marca del hombre lobo (Enrique López Eguiluz, 1968), sin preocuparse de continuidades ni nada que se le parezca. Si a eso añadimos la para nada cuidada amputación de los desnudos destinados a la doble versión la sensación de estar viendo un largo tráiler de la película, es completa. Hay que decir en su descargo que Naschy se muestra como guionista generoso hasta el derroche: monjes tibetanos, científicos nazis, hippies reducidos a un estado vegetativo gracias a la utilización de ‘quimitrodos’, electrocuciones, villanos enmascarados, armaduras que de pronto cobran vida, flagelaciones, mujeres-lobo, dentelladas a diestro y siniestro, desenterradores de cadáveres, adulterios inducidos mediante ondas…

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Toda la artillería de la literatura pulp se despliega en la historia del regreso a Kirchemburg del doctor Waldemar Daninsky, tras una expedición al Tibet en la que ha sido atacado por un hombre lobo. Una especie de lama le ha entregado un cofrecito donde hallará la solución a su mal y que sólo debe abrir en el caso de que el temido pentágono aparezca en su pecho. Sólo puede morir a manos de otro lobisome o atravesado por una bala de plata en los brazos de una mujer que le ame tanto como para sacrificar su vida por él. Candidatas no faltan; entre ellas la bella doctora Ilona Hellmann y su no menos bella ayudante, la dulce Karin, que trabajan en un proyecto para la dominar la mente humana. En los sótanos de su mansión, una pandilla de hippies mutantes en vegetales, dan fe de la envergadura de sus experimentos. Ilona, que otrora fuera amante de Daninsky, lo desentierra y lo somete a sus experimentos, flagelándolo y entregándose a él, para experimentar con su doble condición de hombre y bestia. Mientras tanto, la policía y el novio de Karin, que es periodista, investigan los crímenes…

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Este papel de reportero audaz es el encomendado a Miguel de la Riva, alias Michael Rivers. Carlos sólo aparece en dos escenas en las mazmorras y es casi imposible verle. En la primera, encadenado, en un primer plano pero con el flequillo cubriéndole el rostro. En la otra, con el torso desnudo y atacando en compañía de otros hippies las dos ayudantes de la doctora. Coge a una de ellas por los pies, pero luego permanece en la penumbra, en segundo plano, mientras los mutantes enloquecidos por el ansia de libertad acaban con ellas.

los placeres ocultos

Antes de participar como figurante despersonalizado en El diputado (1978), Carlos debuta con Eloy de la Iglesia en un título que tiene mucho en común con aquél aunque se centra en el mundo de la alta burguesía madrileña en lugar de entre políticos de izquierdas: Los placeres ocultos (1977).

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Eduardo (Simón Andreu), director de una sucursal bancaria, mantiene relaciones con chaperos que busca en billares, cines de sesión continua y mingitorios públicos. Son chavales de barrio con los que las relaciones son meras transacciones económicas. Sin embargo, un día se enamora de Miguel (Tony Fuentes). Este amor supondrá su caída.

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Con un esquema propio del folletín, como tantas veces en el cine de Eloy de la Iglesia, Los placeres ocultos busca poner en evidencia la hipocresía de la sociedad española y el sustrato de poder en el que se basa la prostitución masculina. Pero también se puede leer como un documento sobre dicha actividad, al mostrar en la pantalla española lugares públicos de contacto que siempre se habían limitado a la esfera privada.

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Carlos aparece en una escena en unos servicios públicos, donde por cada hombre adulto hay un adolescente que se ofrece. Eduardo baja a los urinarios y su mirada recorre el lugar y sigue a Carlos -personaje anónimo, sin diálogo ni crédito- y a su acompañante a uno de los excusados. Carlos se siente observado y mira a su vez a Eduardo, o sea, a un lugar tan próximo al objetivo que su mirada se podría confundir con una interpelación directa al espectador.