Entradas: del diario de trabajo

darwin se equivocó. 15 de enero de 2004

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Darwin se equivocó. Se coló de medio a medio. Carlos es la demostración palmaria del fracaso de la teoría de que sobreviven los fuertes. Se queja del dolor en el hombro que mitiga a base de Neurofenes, pero ahí sigue, improductivo para la especie, sin el más mínimo interés en mejorar la raza.

He quedado con Javier Jiménez en las bodegas La Ardosa de la calle Colón. Como llego con media hora de adelanto me paso por el Xares y allí está Carlos, como siempre. Trapichea con el vendedor de cupones. Quiere un décimo de cada tira, pero no sé si mi presencia le intimida o es que no quiere mostrar interés por la transacción, porque la operación dura un rato largo.

Cuando se marcha el vendedor, me siento a su mesa. Al poco llega Federico. La reconciliación es evidente. Carlos se apresura a presentármelo. Cuando hicimos Matías, juez de línea estuvimos hablando con él en este mismo bar, aunque al final no nos lo pudimos llevar a Galicia. Ahora, aunque de pie, me cuenta parte de su vida como actor y bailarín. También que los muchos palos te van minando poco a poco la moral y que ha decidido retirarse y no intentarlo más. Carlos, en cambio, no. Carlos es un luchador -dice Federico. Cuando lee el periódico, cuando parece que está despistado, está pensando en el teatro. Carlos le quita mérito a la cosa.

Pero cuando Federico se va a la barra, Carlos intenta defender su protagonismo. Me dice que no necesitamos más historia que la suya, que nos ha contado anécdotas suficientes, que hay está su historia, la de su padre y la de toda su familia… Le explico una vez más que la película se centraría en su anécdota vital pero que el libro quiere ser un estudio más amplio sobre un tipo de actores y sobre su evolución paralela a la de España. No sé si le convenzo demasiado.

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los sobrinos del capitán grant – 8 de enero de 2004

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Reponen la versión de Paco Mir de “Los sobrinos del capitán Grant” en el Teatro de la Zarzuela. Llamo a Carlos para preguntarle si le apetece ir y cuál es su plan navideño. Me dice que del 22 al 26 estará en Valladolid en casa de su hermana. De salud, regular. Un lumbago provocado por una escena de acción –los abuelos tenían que arrastrar un banco- en Manolito Gafotas.

Quedamos en arreglarnos para ir algún día con Pepón a la zarzuela, si conseguimos conciliar compromisos sociales, familiares, gripes y lumbalgias. El día es el 8 de enero, apenas escapados de la Navidad. Carlos tiene que venir desde San Sebastián de los Reyes porque casualmente hoy tenía sesión con Mercero: Llama hacia las seis para decirme que está ya con traje de calle pero que tiene que esperar al coche que le traerá a Madrid.

Pepón, que ya había dado el asunto por olvidado, hace un esfuerzo heroico para apuntarse. Sin embargo, cuando llego al Teatro me dicen que no hay entradas para ninguna de las funciones hasta que la obra salga de cartel. Llamamos a Carlos, pero me dice que aún no ha salido y que no cree que llegue a tiempo. Le explico que ya tampoco importa.

Pepón y yo venimos hasta el barrio dando un paseo. Nos tomamos unos vinos y hablamos del proyecto una vez más, pero sin concretar nada.

Como estos días estoy sin trabajo, me pongo más en serio con el libro. Voy a la Biblioteca de la Fundación Juan March a investigar sobre José de Lucio y leer “Quién me compra un lío”, uno de los sainetes que era éxito seguro en el circuito itinerante. En la Filmoteca encuentro una carpeta de recortes sobre Azucena Hernández. Menos da una piedra.

Voy a empezar también a escribir el guión.

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de la riva vive. 10 de octubre de 2003

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He preparado una sinopsis con los sketches de ficción y cómo se integrarían con la parte documental y se la he pasado a Pepón. Él insiste en localizar a de la Riva. Llama a Sancho Gracia, que está rodando en Barcelona y éste le promete ponerse en contacto con él. Asegura que lo ha visto hace poco en coche por Arturo Soria. Como en una de las anécdotas de Carlos figuraba un chalé en Ciudad Lineal nos damos por satisfechos. Además, el hecho de que estuviera conduciendo quiere decir que debe de mantener cierta lucidez a pesar de ser ya octogenario.

He pasado una mañana en la Biblioteca de la Fundación Juan March donde tienen catalogados bastantes programas de mano. Así ha aparecido uno de Los Ases Líricos correspondiente al estreno en el Teatro Carrión de Valladolid de una zarzuela de ambiente levantino misteriosamente titulada “Bekralbayda”. También he encontrado un cartelito de la estancia de la compañía de Francisco Kraus en el Gran Kursaal de San Sebastián en 1964 donde aparecen mencionados Carlos y su padre.

Quedo con él en el Xares para darle fotocopia de tan jugosa documentación y las fotos de Zaragoza. Esta exultante porque le han llamado para un papelito en Manolito Gafotas, una serie que va a hacer Mercero. Si hay suerte un grupo de vejetes saldrán en casi todo los capítulos lo cual supone cierta continuidad en sus ingresos extraordinarios. Le cuento que tanto el libro como la película siguen igual, sin pausas pero sin prisas. Le pregunto sobre su reconciliación con Federico, que se ha hecho efectiva a partir de la visita a la prima Encarnita, repatriada desde Venezuela. A pesar de ello, si hay fútbol, Carlos procura no tropezarse con él. Le consulto la posibilidad de entrevistarle, pero me asegura que su primo “no quiere recordar”.

También hablamos de Miguel de la Riva. Sigue sin querer verle ni en pintura –perdón por el juego de palabras-, pero al contrario que en otras ocasiones me da su dirección completa. Lo confirmo en la guía. Efectivamente, Miguel de la Riva vive… en la calle Povedilla.

Una precisión: el Joaquín amigo de Quevedo, era un violinista mulato, apellidado Pascual. Dice Carlos que éste si que había hecho algo de cine –le localizo en Capullito de alhelí (Mariano Ozores, 1985)- pero me desengaña en mi ilusión de que Quevedo fuera el mismo que Pedro Rodríguez de Quevedo, del que había localizado yo una abundantísima filmografía como secundario entre 1960 y 1980.

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sé adónde voy. 31 de agosto de 2003

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Como en la película de Powell y Pressburger: sé adónde voy.

La escena de la huida de la pensión me ha dado la idea. La paradoja de una vida en fuga, de la que su protagonista asevera tener asido firmemente el timón, ha sido el detonante para una nueva reunión con Pepón.

Las tres y media del último día de agosto. Quedo con él en el Café de San Millán, a un tiro de piedra de Cascorro y con todo el jaleo dominical del Rastro en plena ebullición. Hacemos lo posible por abstraernos de la televisión, las tragaperras y los compradores sedientos de cerveza y ávidos de tapita de paella y buscamos un nuevo camino en el que dejamos de lado la parte más teatral del proyecto y optamos por la ficción sin paliativos. De este modo, la historia de Carmiña, aquella novia coruñesa, tendrá el formato de un cortometraje en el que se cuenta una historia de amor fugaz.

Fantaseo con la posibilidad de plantear incluso una ficción en torno a la enfermedad del padre, pero tendríamos que dejar fuera historias tan jugosas como la de “Comprometido en homicidio” o la del primo boxeador y eso sí que no.

Nos ponemos a ello. A ver qué sale.

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aniversario. 21 de agosto de 2003

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Aunque sólo sea porque hace un año que nos metimos en harina, hay que hacer aquí una anotación.

No sé si este conjunto de apuntes deshilvanados tiene algún sentido. Sirven apenas para completar las entrevistas. No hago ningún esfuerzo por abstraer, por generalizar. Ya lo haré cuando redacte el libro. Aquí sólo pretendo dejar constancia de los detalles y registrar nuestros estados de ánimo, que más parecen una montaña rusa

He estado con Pepón tomando un vino y hemos hecho buenos propósitos. Y van…

Elaboro un currículum de la tripulación del Capitán Burman –osease, nosotros tres- y arranco una nueva sinopsis que comienza con la fuga de Carlos de una pensión mientras los demás duermen la siesta: entre el neorrealismo y el realismo socialista.

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reconciliaciones. 14 de junio de 2003

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Belén celebra su cumpleaños en Binomio, un bar de la Corredera Baja de San Pablo al que Carlos nos había contado que no le gustaba mucho ir porque, como era estrecho, los chicos que pasaban por detrás de él, le rozaban mucho.

Venimos de cenar con Luis [Guridi] y Marisol. Jaleo dentro. Felicitamos a Belén como podemos y nos colocamos junto a la puerta. Entre el barullo aparece Carlos. Se ha encontrado con dos amigos actores que están rodando allí cerca la nueva película de Albaladejo y se ha sentado un ratito con ellos de camino al Pez Gordo, donde le gusta tomarse una cervecita a estas horas porque le ponen una tapa de migas con uvas que le vuelven loco y le sirven de cena.
Pues allí está entreteniendo el tiempo. Cuando le saludo muestra ufano unas postales de su rodaje almeriense. Me anima a que rodemos el biopic y no consigo dejarle claro que si no lo hacemos no es por falta de ganas. El problema es que todos andamos enredados en trabajos alimenticios y esto no figura entre las prioridades de ninguno. Ni siquiera hemos empezado a transcribir las entrevistas de Zaragoza.

Como al desgaire y a cuenta de los amigos, deja caer el dato de su participación en las zarzuelas que hizo Orduña para Televisión Española a principios de los setenta. Dirigía el coro José Perera, el mismo que lo hacía para Tamayo. Carlos intervino de modo anónimo en Gigantes y cabezudos, Las golondrinas o La canción del olvido.

Cuando ya nos despedimos me dice, como de pasada, que ha quedado con su primo Federico. Sorprendido –los he visto sentados espalda contra espalda en el Xares y no se han dirigido la palabra- le pregunto cómo así. Me cuenta que su prima Juanita, la mayor del tío Federico, ha vuelto de Venezuela y han quedado para ir a verla juntos.

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zaragoza 2. 26 de mayo de 2003

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Carlos tiene dos cortometrajes en mente. Nunca los ha escrito pero los cuenta a petición del oyente. Uno de ellos es decididamente simbolista y a uno le trae a la cabeza lo que ha leído sobre el estreno de “La intrusa” en una de las Fiestas Modernistas organizadas por Rusiñol en Sitges. La estructura se organiza a partir de una historia marco: un escritor se queda sin tinta y tiene que ir a comprar más. No hay azul y el escritor debe conformarse con un frasco de tinta verde. Un niño ciego pasea por la orilla del mar. Un hombre, acaso Cristo, le pregunta cual es su mayor ilusión y el niño le contesta que ver el mar. Los ojos del niño se tornan de un verde purísimo y, por primera vez, entre lágrimas, le es dado ver. El escritor finaliza así su relato. Recibe un premio literario. Es el propio Dios quien se lo otorga, por haberlo escrito con tinta verde: el color de la esperanza.

El otro está en la línea de Max Linder. Un tipo mete una gran suma de dinero en el forro del sombrero. No saluda a nadie por la calle por miedo a perderlo. Entra en un bar y pide una consumición. Tampoco allí se destoca, a pesar de los comentarios del camarero y el resto de los parroquianos. Pero, ¡ay!, llega el momento de pagar. El hombre baja a los servicios y saca un billete. Afora la consumición, pero se ve que no se ha encasquetado bien el sombrero, porque apenas sale a la calle una ráfaga de viento se lo arrebata y lo arrastra. El hombre se mete en toda clase de líos y supera toda clase de pruebas para conseguir alcanzarlo.

Hemos tropezado varias veces con de la Riva a lo largo de esta historia. Sin embargo, de vuelta de Zaragoza, Carlos se siente expansivo –por qué coincidirán estos momentos cuando no hay cámara por medio- y nos cuenta cómo apareció el caballista en su vida. Fue en el Café Gijón, hacia 1967. No es un sitio que frecuentase pero le han dicho que por allí suele parar Sáenz de Heredia y Carlos se pone sus mejores galas a ver si le sale un papelito. Junto a la puerta se topa con un hombre alto, de indumento impecable. Sáenz de Heredia no ha ido esa tarde, pero al presentarse Carlos como actor, de la Riva se convierte en Virgilio, que guió a Dante por el Infierno. El infierno en nuestro caso son unas cuantas copas en la barra del Gijón y luego a Riscal. En el trascurso de la noche Carlos se explica: un tal Pagés le ha propuesto una cosa de variedades que ha quedado finalmente en agua de borrajas; en reparación de posibles perjuicios el tal le ha pasado este contacto. Todo se diluye ante la belleza de las “palomitas” –así las llama de la Riva- de Riscal. Beben.

Ya de madrugada se dirigen a casa del caballista, un chalé por Arturo Soria. Hace frío. De la Riva le indica el camino, bordeando la piscina. De pronto se detiene. Saca del bolsillo del abrigo una pistola. Apunta con ella a Carlos y le dice que salte a la piscina inmediatamente. Carlos ríe la broma, pero de la Riva le asegura que la burla va en sentido único. Si Carlos no salta antes de que cuente tres le pega un tiro en una pierna. Ninguno de los dos ríe ya. Uno… Carlos contempla el agua sucia y helada y balbucea una súplica. Dos…

La puerta del chalé se abre. Aparece la señora de la casa y se lleva a de la Riva para dentro. Le quita la pistola. El caballista ríe a mandíbula batiente mientras alza la mano en señal de despedida.

Carlos tiene que volver a casa en autobús, pero desde ese día se cita con Miguel de la Riva cada tanto. El caballista le cuenta que cuando estuvieron rodando Alejandro Magno (Robert Rossen, 1953) en España él le vendió un helado a Richard Burton. Luego se fue a casa en moto con un compañero, pero sin quitarse el vestuario. Al llegar a la Plaza de Castilla le preguntan a un guardia el camino a Roma.

Carlos y de la Riva hacen la ronda del Dorín, el Gijón y el Riscal. Son los años dorados de Urtain, que también se deja caer por el garito, con su aureola de campeón de Europa de los pesos pesados. De la Riva le da un papelito a Carlos para que le pida un autógrafo. Carlos está llegando ya a la mesa cuando se da cuenta de que lo que su amigo le ha dado es la cuenta. A ver si colaba. Son las bromas del caballista.

miguel de la riva ("los rebeldes de arizona")

Gracias a su alter ego Michael Rivers consigue Carlos una de sus primeras oportunidades cinematográficas: una figuración con frase. José María Zabalza, el rey irunés de la “serie Z” a la española, rueda tres tardíos spaghetti-westerns en el poblado del Oeste de Colmenar Viejo. El actor elegido para interpretar al camarero del saloon en 20.000 dólares por un cadáver (José María Zabalza, 1970) es incapaz de recordar sus frases y tiene un deje castizo que tira de espaldas –aunque uno no entiende qué importa esto si todo se dobla- y Carlos se ofrece a interpretar el papelito. En otra delas películas tiene ocasión de demostrar sus habilidades con el revólver, adquiridas durante las interpretaciones de “Katiuska” en el Teatro de la Zarzuela. Las tres películas se filman del tirón, con los mismos actores y en idénticos decorados. El clímax de las tres es el incendio del rancho del protagonista. Ese día de la Riva se ha llevado a la hijita al rodaje y cuando la casa está casi convertida en cenizas se da cuenta de que no ha visto a la niña desde primera hora de la mañana. Asumiendo su papel de héroe, quiere meterse entre las paredes calcinadas y rescatar a la pequeña. Carlos le contiene, también metido en su papel de amigo del héroe. Instantes después llega la niña, que ha estado todo el día entretenida con la maquilladora. El caballista la abraza y le hace zalemas. Entre beso y beso reprocha a Carlos no haberle avisado de que la niña estaba a salvo. Carlos cae repentinamente del pedestal en el que se veía a sí mismo; este estrambote deslucido no sale nunca en los guiones ni en las novelas que él ha leído.

Por esos años, en el declive del western europeo y del género de espías que ha cultivado, de la Riva coge el traspaso de un bar de playa en Castelldefels. Le propone a Carlos que sea su mano derecha, su hombre de confianza. Carlos viaja a Barcelona por su cuenta pero no hay ni rastro de su contacto. Dice que estuvo haciendo recados para una boutique de las calles Tuset o Pelayo. Un día, se encuentran casualmente. El caballista se ha instalado ya en Castelldefels. Vive en un piso, sobre el bar. Carlos podría vivir en una pensión cercana. Acepta. Pero una vez allí, debe hacerse cargo de abrir por la mañana y de cerrar cuando a de la Riva y a sus invitados –parece que Sancho Gracia, era uno de los habituales aquel verano- se les ocurre que ya está bien de güisqui. Total, para tres horas que va a dormir, Carlos se echa allí, entre las cajas de refrescos. Ah, el sueldo como hombre de confianza se reduce a un diez por ciento de lo que haya en el bote… No en balde, la manutención y el alojamiento corren por cuenta del caballista.

Una madrugada cualquiera, sin decirle nada, Carlos coge un tren y se marcha a Barcelona, a buscar un trabajo en lo suyo. Puede que fuera entonces cuando estuvo de utilero en “Un enemigo del pueblo”.

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zaragoza 1. 26 de mayo de 2003

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Hay nuevas incorporaciones en este viaje. Luis [Guridi] se ha animado a hacer doblete: chófer y sonidista. Para la ocasión –cuatro figuras entrevistadas al unísono- nos han prestado una mesita de sonido. Por el momento conseguir los cuatro micrófonos a precio de puta de la calle de la Cruz ha sido un suplicio. Estamos todos a la cuarta pregunta.

La expedición consta de siete personas: Luis, Arri y Moti en el coche 1, y Pepón, Emilio y Carlos y yo en el segundo. Durante la ida Carlos se muestra locuaz. Viene jubiloso de Almería donde ha estado rodando una coproducción hispano-italiana que encuadra en el género fantástico porque su personaje resucita varias veces. De nuestros anfitriones aragoneses repite algunos sucedidos que ya conocemos.

Carlos Muela nos recoge a la entrada de Zaragoza con su taxi. Aún canta, pero mientras conduce. “El Pavarotti del taxi” le llaman y a él le gusta. Durante el recorrido hasta su casa –una casita baja, de barrio- nos hace un pequeño recorrido turístico. Pasamos por el monumento a Juan de Lanuza, cuyas hazañas eran objeto de un drama en verso que solían representar. Los cafés-cantantes se han convertido en bancos o centros comerciales. Nombres evocadores, como el “Ambos Mundos”… “¡Qué pena!”, dice Carlos.

Carlos Muela Gimeno, "el Pavarotti del taxi"

Conocer a la compañía de Maruja Gimeno es toda una experiencia. Allí están todos, salvo Feliciano Muela, que falleció en 1967 y supuso el fin de la dedicación teatral de la comuna. Pone uno lo de comuna porque es lo que más se ajusta a este grupo formado de aluvión de gentes recogidas por tierras de Castilla y Aragón.

Maruja Gimeno y Carlos

Maruja Gimeno y Carlos

Grabamos. Maruja es una mujer de armas tomar; no quiero imaginármela como empresaria. Braguillas mira a Carlos con admiración: recuerda sus improvisaciones y los números que se montaba en los finales de fiesta. Recuerda una vez que se lo encontró en Madrid, junto al Dorín, y se lo trajo de nuevo a Zaragoza. Esa noche había función en un pueblo. Braguillas le pregunta si tiene algo preparado para el fin de fiesta. Carlos ha estado dándole vuelta a una melodía de una zarzuela. Mientras la tararea mentalmente mima las contracciones de una parturienta, los dolores del parto y termina con el llanto del recién nacido.

-Yo me espatarré aquel día –afirma categórico Braguillas. Carlos quita importancia al asunto.

A mitad del fregado llega Jesús Ortega, el tercer soltero de oro en la compañía hasta que se ahorcó… “Quiero decir que me casé”, bromea. Nos cuenta su encuentro con José Isbert cuando las huestes de Berlanga recalaron en Alhama de Aragón para el rodaje de Los jueves, milagro (Luis G. Berlanga, 1957).

Jesús Ortega canta una jota para la que no hacen falta micrófonos, Braguillas interpreta una pieza al acordeón y cuando Carlos se arranca con las colpillas del Don Hilarión de “La verbena de la Paloma”, silabea cada frase con una sonrisa en la boca. Les pedimos que resuciten para la cámara el dueto cómico en el que Carlos hacía de director de orquesta desmadejado y Braguillas le seguía con la batería. Sin resultado: el “jazzband”, como ellos lo llaman, debe de llevar arrumbado por algún altillo lo menos veinte años.

Comemos con los dos Carlos. Un micro para cada uno. Muela nos explica lo que quería que contara su madre antes: que si iban por pueblos no era por empeño romántico en llevar el arte hasta el último rincón de España, sino porque la fidelidad de su padre a la República le valió la cárcel y la prohibición de trabajar en Zaragoza.

Carlos se encrespa al hablar de El viaje a ninguna parte –esa tontería que dijo Gómez- porque ellos sí que iban “a alguna parte”. ¡Apañados estarían si no supieran a donde iban!

Luego nos dividimos en dos grupos: Pepón se queda con Arri y Emilio grabando las fotos familiares, en tanto que el resto nos montamos en el taxi de Muela que nos lleva al Oasis. Pone en el mini-disc algunas de sus grabaciones y se emociona cuando suena el “Soy de Aragón” de la zarzuela “El divo”. Carlos tararea y le palmea el hombro. Luego saca el pañuelo para secarse una lagrimita. Al fondo las torres del Pilar: si lo preparamos no sale tan bien. Lástima que ya se hayan agotado las baterías de los dos mini-discs.

Aprovechando un momento de intimidad, en una de las paradas, Carlos nos pregunta si no vamos a pedirles que hablen de él. A lo mejor se ha sentido arrollado por el ímpetu jotero de Jesús Ortega –a todos nos ha pasado- pero no sé que piensa que hemos estado haciendo durante toda la jornada. O es que esperaba algo en plan “Esta es su vida”.

Despedidas largas, como siempre que se encuentran gentes que no se ven hace treinta años, conscientes de que es muy posible que no se vuelvan a ver nunca por mucho interés que pongan en intercambiar teléfonos.

Durante el largo viaje de vuelta Carlos se destapa. Tres temas hay, al menos que merecen mención y de los que, para variar, no existe registro.

a) el destino de Carmiña,
b) la faceta cortometrajista de Carlos,
c) su relación con Miguel de la Riva.

Resulta que la historia de Carmiña tuvo una segunda parte que Carlos había olvidado contarnos. Carmiña era aquella novia coruñesa que trabajaba en un restaurante y con la que Carlos visitó la Torre de Hércules para besarse a la vuelta en el portal. Diez años después, Carlos viaja con la compañía de Francisco Kraus, el hermano de Alfredo. Andan por el sur, probablemente en la provincia de Cádiz. Están en fiestas y en tanto su padre y su compinche inseparable Manzano visitan el ferial, Carlos se mete en el cine. Luego, acude a la cita con ellos en un bar. Le embroman a cuenta de las novias que ha tenido. Cuando empiezan con esta murga Carlos siempre echa balones fuera. Se escuda en que, con su estilo de vida, es imposible el compromiso. “¿Y no te acuerdas de Carmiña?” –le preguntan-. “Bua… ¿Dónde andará?”. “Pues aquí mismo. La acabamos de ver en el circo”… Carmiña, la muchachita romántica del restaurante coruñés trabaja ahora como bailarina exótica. ¿Por qué no pasa a saludarla? Carlos dice que ya para qué…

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braguillas vive. 26 de mayo de 2003

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Braguillas vive pero, en cambio, ha muerto Fausto [Moreno Talón].

No sé si tiene mucho que ver con este diario pero…

Me puso sobre aviso Manquiña cuando viajé a Santiago de Compostela para hablarle de otro proyecto. A la vuelta, telefoneé a Fausto y me dijo que estaba un poco fastidiado –“faustidiado” si esto fuera un astracán- del hombro y los riñones pero que en La Paz le habían dicho que era una cosa muscular y que se diese linimento. En Semana Santa le ingresaron en la Concepción y me acerqué a visitarle. Los parches de morfina le mitigaban los dolores y estaba de bastante buen humor; o de “bastante humor”, que en su caso siempre fue una mezcla ponderada del bueno y el malo. El sábado 17 le dijeron que no había nada que hacer y que si quería volver a casa. Por los pasillos del hospital iba gritando a los camilleros:
-Vamos, vamos. ¿Por qué paráis? ¡A casa, a casa!

Murió el lunes por la mañana. Estuve en la calle Artistas con la vieja guardia y algunos del barrio a los que no conozco. La incineración reunió a gente a la que no veíamos hacía doce o quince años. La ceremonia fue fulminante. El funcionario dijo que no se podía poner música –a Fausto le gustaba la “Consagración de la Primavera”- porque molestaba a los de la capilla anexa. Manquiña contó su anécdota sobre la teoría de Fausto a propósito de que los gallegos llevan a Valle Inclán tan metido en los genes que son incapaces de hacerlo correctamente. Félix [F. Montes] recitó un poema, precisamente de Valle, sobre la “parca”. El funcionario decidió que no esperaba más y echó la cortina ante el ataúd. Fue el mejor momento porque entonces todos empezamos a aplaudir y parecía que Fausto iba a salir a saludar, como si aquello fuera nada más el final de una farsa y al día siguiente se pudiera repetir.
Pero no quiso salir a recibir el aplauso.

Estaban Manquiña, Bigarren, el representante de Carlos, y Paca, su mujer y socia. Les cuento nuestro proyectado viaje a Zaragoza. Paca promete interesarse por Miguel de la Riva.

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doce cascabeles. 30 de abril de 2003

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Sin noticias de Pepón. Hemos coincidido varias veces –concierto de Víctor con sus nuevos Coyotes en el Juglar de Lavapiés y algunas rondas en la breve estancia de Flavio [M. Labiano] en Madrid durante la Semana Santa-, pero no hemos hablado del asunto. Me parece que la película de los mexicanos ha vuelto al limbo.

El 23 de abril (Día del Libro) programo una cita con Carlos en El Xares para cotejar algunos de los datos obtenidos en la Hemeroteca. Le llevo la fotocopia de la crítica de “Las dos princesas” en el Adelanto de Salamanca donde se menciona a su padre. Aprovecho para preguntarle por los demás aludidos. Con algunos se extiende más, a otros apenas los recuerda.

Por el hilo se saca el ovillo. Siguiendo el rastro de los nombres propios se aclaran algunas fechas que hasta ahora seguían envueltas en la niebla. Nada espectacular, pero fructífero. Entre los nuevos personajes, Carlitos, el hijo de Feliciano Muela y Maruja Gimeno que cantaba “Doce cascabeles” en los finales de fiesta. En uno de los viajes “artísticos” de Carlos con Miguel de la Riva, recalan en Zaragoza. Entran en El Oasis –con casi un siglo de historias a cuestas- y en el escenario, con veinte años más, está Carlos Muela Gimeno que ahora es cantante melódico. Fruto del encuentro es una comida con Braguillas y Maruja Gimeno.

De postre, un resumen de mi intento, por ahora infructuoso, de que AISGE se hiciera cargo de la edición del libro y el ahora mismo dudoso futuro de la película.
Dejo reposar el asunto.

Una semana después –hoy- quedo con Pepón en Los Pinchos. Le cuento el hallazgo más sonado de la conversación en el Xares: el cantante del Oasis. Me caliento yo solo y cuando llego a casa busco el número de teléfono de Carlos Muela Jimeno en la guía de Zaragoza. Sin resultados. Pruebo con Gimeno. Uno. Llamo. Me contesta él mismo.

Le cuento por encima el asunto. Le pregunto si guarda material gráfico de su familia y me dice que no sólo eso sino que su madre aún vive.
-Y de Braguillas… ¿No os ha hablado Carlos de Braguillas? –pregunta.
-Claro.
-Pues Braguillas también vive.

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